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El difícil momento de comunicar un fallecimiento


Hace pocos días asistimos al triste suceso del accidente de tren Alvia en Santiago de Compostela que iba de Madrid a Ferrol. Es un hecho que ha conmocionado a todo el mundo y vuelto a plantear por qué ocurren estas cosas. Ante esta noticia, muchos amigos me han escrito con una misma inquietud: ¿Cómo decir a alguien que ha fallecido un familiar o amigo? No estamos preparados para ello y, por este motivo, escribo el presente triste artículo.

Solo vemos el vacío cuando está cerca 

Todos los días vemos noticias de accidentes de tráfico, catástrofes naturales, peleas y conflictos armados donde mueren hombres, mujeres y niños. Actuamos como espectadores, ajenos a ese terrible hecho de fallecer, de perder la vida, inmunes a todo dolor y angustia. Los medios de comunicación nos acostumbran a ver este tipo de casos desde lejos, con la seguridad de que no nos va a ocurrir. La muerte es un tema tabú en la mayoría de las civilizaciones y se intenta hablar de ella a través de la alegoría y las imágenes que minimizan su significado real.

Sin embargo, el problema surge cuando vemos la muerte de cerca y tenemos que comunicar el fallecimiento de una persona. Excepto los profesionales como el personal sanitario o psicólogos, nunca nos enseñan cómo afrontar esta situación tan traumática que va a marcar profundamente en las personas. Es entonces cuando las personas necesitan valor y fuerza para enfrentarse a todo lo que genera la noticia.


El rechazo y la incredulidad

Hay que tener en cuenta que la idea de la muerte es siempre rechazada. No queremos morir, ni que se vayan los seres queridos. Siempre se ha dicho que los hijos ven morir a sus mayores, pero hay ocasiones en las que la noticia se torna más complicada cuando se trata de niños o personas jóvenes. Es entonces cuando surge un choque de emociones. Este tipo de noticias son más difíciles de dar y asimilar.

Cuando damos una noticia de este tipo, se produce un shock y surge la incredulidad. No somos capaces de creer lo ocurrido, nos negamos a aceptarlo. Al cabo de unas horas, cuando lo vamos aceptando, aparece el resentimiento, la rabia al pensar que podíamos haber hecho algo. Nuestra vida se convierte en un caos y es hora de reorganizarse, de comprender la situación. En los siguientes días se sume en estados de dolor y tristeza por el vacío que deja la persona fallecida. Al principio el sufrimiento es intenso hasta que poco a poco se va asumiendo la pérdida.


El lugar y el informante

El inicio es importante puesto que una mala información puede perjudicar en extremo la forma de afrontar la situación. Por ello, es importante tener en cuenta donde se va a dar la noticia.

Tanto si es en un lugar público como privado, debe ser en una habitación lo más tranquila posible, confortable, con una correcta iluminación que no interfiera en la comunicación y lo suficientemente aislada para que el ruido exterior no perturbe.

Cuando son varias las personas que han estado presentes en el momento del fallecimiento, como los equipos médicos, es importante determinar quién va a dar la noticia. Normalmente suele ser el médico que atendió al paciente o el psicólogo.


El momento

La noticia ha de ser facilitada lo antes posible tras el fallecimiento para evitar cierta confusión en los familiares. Se puede hacer por teléfono o en persona. No se recomienda por SMS porque da cierta sensación de frialdad, de “poco tacto”. Si la persona está conduciendo es mejor esperar a que llegue a su destino y estar seguros de que no va a volver a coger el coche.


La forma

La improvisación es muy negativa, por lo que es importante preparar la información, lo que se va a decir, para luego comunicarlo despacio, sin rodeos y sin tecnicismos médicos o psicológicos. Durante la conversación hay que evitar que la otra persona (familiares o amigos) niegue lo sucedido y distorsione la realidad con fantasías. Aunque las palabras de apoyo siempre son positivas, también es importante que las personas se desahoguen. Cuanto más hablen, expresen sus sentimientos, sus emociones, mejor. Es recomendable no preguntar mucho ni interrumpir. Hay que dejar que fluyan hacia fuera todo ese torbellino de emociones, conscientes e inconsciente, y así evitar que repriman sus sentimientos.

En estos casos, lo negativo es un factor perjudicial para los que van a recibir la noticia porque aumenta la presión emocional. Términos como angustia, dolor, agonía o sufrimiento han de evitarse en la conversación y utilizar un lenguaje más delicado.

Es recomendable que los familiares o personas a las que se les va a dar la noticia se sientan comprendidas y vean que hay alguien que está con ellos. Ofrecer agua o tila, preguntar si hay que llamar a alguien más o interesarse por cualquier necesidad son detalles sin importancia que ayuda a crear un clima más tranquilo y rompe ese momento tan tenso.

Nunca hay una misma forma de afrontar la situación, de comunicar un fallecimiento. Aunque existen Protocolos de actuación en los servicios de emergencias, solamente orientan. Todo depende de la persona que se encargue de comunicarlo, de sus habilidades comunicativas, de la preparación psicológica y el estado emocional.
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