La importancia de la formación en el mediador profesional


Introducción

 Según la Ley 5/2012, de 6 de julio, sobre Mediación en asuntos civiles y mercantiles, el objetivo de una profesionalización de la mediación en España es la de crear un instrumento complementario de la Administración de Justicia, una alternativa al proceso judicial o a la vía arbitral  y así implantar una justicia de calidad en una sociedad cada vez más compleja. Se pretende una desjudicialización de determinados asuntos, reduciendo la carga de trabajo de los jueces.
Por tanto, el mediador se encuentra en una situación delicada y compleja al tener que asumir la importante tarea de velar por los derechos de las partes implicadas en el conflicto, rebajar el conflicto, restablecer la comunicación, fomentar la cooperación, vigilar que los acuerdos sean equitativos, justos y beneficiosos para todos y evitar que pueda derivarse a la vía judicial. El mediador, aunque no tiene la función de juez, debe conseguir algo que los tribunales son incapaces de lograr: un acuerdo justo en el que no existan vencedores y vencidos. El juez se encuentra ante el dilema de quién tiene más razón a la luz de la ley sin entrar en más consideraciones que el Derecho. El mediador por el contrario, ha de ir más allá indagando en el aspecto jurídico, social y psicológico del conflicto, comprendiendo los sentimientos, emociones  y motivaciones de los mediados y adentrándose en la parte subyacente para lograr que el conflicto se resuelva y no vaya a la vía judicial.  
Un mediador sin capacitación, sin una formación profesional adecuada, no solo pone en peligro el desarrollo del proceso de mediación y su resultado, también acentúa la escalada de violencia, reforzando la desconfianza y la posición contrapuesta de las partes, elevando la tensión y bloqueando la comunicación hasta hacer imposible un acuerdo. Lo que en un principio era una simple desavenencia puede derivarse en un conflicto cuya única alternativa es la intervención de un juez. Es entonces cuando la mediación se convierte en una herramienta inútil, carente de valor, se convierte en un instrumento desprestigiado ante los ojos de los usuarios.
El mediador ha de reunir unos requisitos tan exigentes como los de un abogado, juez, psicólogo, pedagogo, trabajador social, etc., porque de él depende una justicia de calidad, una protección de los derechos y deberes de todos los ciudadanos y una convivencia pacífica. Es a él a quien se le encomienda, en primera instancia, la tarea de ayudar a resolver los conflictos en el ámbito civil y mercantil. Y solo un profesional competente, con una formación oficial y especializada, acreditada por la Administración Pública con títulos oficiales  para asegurar unos conocimientos teóricos y prácticos suficientes, como se exigen a las demás profesiones, puede conseguir que la Mediación se convierta en una profesión eficaz para resolver y prevenir conflictos que hasta el momento eran competencia de Jueces y Magistrados.
Un claro ejemplo de la importancia de la profesionalidad se encuentra en la reforma de la Ley 34/2006, de 30 de octubre, sobre el acceso a las profesiones de Abogado y Procurador de los Tribunales. Dicha reforma tiene el propósito de garantizar una mejor preparación, por lo que se exige «además de estar en posesión del título universitario de licenciado en Derecho o del correspondiente título de grado, probar su capacitación profesional mediante la superación de la correspondiente formación especializada y de carácter oficial que se adquiere a través de cursos de formación acreditados por el Ministerio de Justicia y el Ministerio de Educación, así como superar una posterior evaluación».

 La Mediación, propia del campo de las ciencias sociales

 La Mediación trabaja en el ámbito de las relaciones humanas, en conflictos entre personas que se mueven por unos sentimientos, deseos y motivaciones, donde la influencia de la cultura, la educación y la sociedad juegan un papel importante. Todas las Comunidades Autónomas coinciden en las mismas titulaciones para ser profesional de la mediación: «Derecho, Psicología, Psicopedagogía, Sociología, Pedagogía, Trabajo Social o Educación Social, o cualquier otra homóloga de carácter educativo, social, psicológico o jurídico. 

Por tanto, un licenciado en Medicina, Veterinaria, Biología, Informática, Física, Química, Ingeniería, Arquitectura, y un largo etcétera, no tendrían las competencias necesarias para dirigir un proceso de mediación al no contar con conocimientos humanísticos.

 La Mediación multidisciplinar y multiprofesional

La profesión de la mediación siempre ha tenido un carácter multidisciplinar y multiprofesional al trabajar en diversos ámbitos sociales y profesionales. Desde el punto de vista social, el mediador tiene que conocer la realidad familiar, educativa, intercultural, comunitaria, sanitaria, mercantil, penal y penitenciaria para determinar qué tipos de conflictos surgen, sus características y consecuencias. Sin ese conocimiento estamos predispuestos a fracasar al no reconocer el conflicto en su justa dimensión y no abordarlo adecuadamente. Y, al igual que es necesario el conocimiento de esa realidad, es imprescindible saber qué instrumentos utilizar. Nuestras vidas, lo que hacemos, pensamos y sentimos son diariamente estudiados desde distintos campos: psicología, derecho, pedagogía, medicina, trabajo social, etc. Cada uno da un enfoque distinto para reconstruir un perfil de cómo somos y como actuamos. Ante un conflicto, el conocimiento de estas disciplinas puede ayudarnos a prevenir y solucionar las distintas etapas de crisis por las que las personas en disputa se enfrentan.

La figura del mediador no es simplemente la de moderador. El profesional de la mediación tiene muchas funciones que le hacen pieza clave para controlar situaciones conflictivas en diversos grados. En la misma línea de los profesores Bustelo, Calcaterra, Boqué y Alés, el mediador:

1.   Debe ser un analista, saber interpretar el contexto, los actores que intervienen en el conflicto, las motivaciones que subyacen.

2.   Debe saber reducir la agresividad física o psicológica de las partes.

3.   Necesita saber traducir lo que cada uno expone para hacerlo más comprensible y darle forma al conflicto.

4.   Debe ser capaz de conducir el proceso de mediación para no salirse del objetivo inicial y agravar la situación.

5.   Debe ser capaz de contrarrestar todos los elementos negativos que frenan el proceso de comunicación, cooperación y acuerdo.

6.   Debe saber mantenerse al margen, neutral, huyendo de los prejuicios y posicionándose a favor o en contra de una de las partes.


 Conocimientos del mediador a nivel general

 Para llevar a cabo un proceso de mediación no basta con saber qué es la mediación y las distintas fases que lo componen. El mundo de los conflictos abarca todo lo concerniente a las relaciones humanas y, por tanto, entramos en un terreno complejo de emociones, sentimientos, intereses y prejuicios. A ello hay que añadir la personalidad de cada una de las partes, los factores que influyen en el entorno (teoría sistémica), y la forma con que se lleva a cabo la comunicación.

Conflictos

 A nivel general, común a todos los ámbitos, el mediador ha de conocer perfectamente y saber utilizar los conflictos. Incomodidad, incidentes, malentendidos, tensión y crisis son las etapas del conflicto a tener en cuenta de cara a actuar en mediación de una u otra forma. El mediador ha de saber qué es el conflicto, cual es su naturaleza, la dinámica, las distintas actitudes, la estructura psicológica; qué grados de conflicto existen, cuando se manifiestan, qué consecuencias pueden producirse en casa situación; como intervenir en caso de una situación de crisis, qué habilidades se necesitan para prevenir y afrontar el conflicto. Es importante reconocer en qué punto del conflicto se está para evitar que aumente.

 Conocer perfectamente las distintas alternativas a la vía judicial para intervenir en conflictos

Otro aspecto importante y crucial es distinguir entre arbitraje, conciliación, mediación y negociación. Es frecuente ver en las noticias grandes titulares que afirman: “Se ha creado un servicio de Mediación Hipotecaria para evitar los desahucios”. Para la gente de a pie da la impresión de que un mediador, con su carácter neutral y arbitrario, absteniéndose de influir sobre las partes asesorando, va a ayudar a llegar a un acuerdo entre los deudores y la entidad bancaria. Pero la realidad es que se confunde, quisiera pensar inconscientemente, la mediación con la conciliación y la negociación. Realmente en vez de mediación, la persona que sirve de árbitro se toma la libertad de asesorar al deudor, negociar con la entidad bancaria y redactar un acuerdo satisfactorio. Aquí ha roto los principios fundamentales de la mediación: ha actuado como abogado al asesorar en materia de Derecho hipotecario y ha intervenido como psicólogo y “representante” de una de las partes como negociador (¿Dónde están los principios de imparcialidad y neutralidad, donde está esa prohibición de que un mediador no puede hacer las funciones de abogado, psicólogo, trabajador social, etc.?). En esta situación, se está dando una imagen falsa de la mediación al afirmar que conciliación y mediación es lo mismo. No se pueden mezclar conceptos porque desvirtúa la esencia de la mediación, sus principios, funciones y objetivos. En caso de que el conflicto se trasladara al ámbito judicial y una de las partes dijera que había tomado la decisión por consejo del mediador, toda la responsabilidad recaería sobre el profesional por no saber dónde está el límite de su trabajo. Sin lugar a duda, la imagen de la mediación supondría un descrédito total.

Qué es la mediación

El conflicto puede surgir en distintos ámbitos tal y como se ha hablado anteriormente. Todos ellos, aunque pueden tener distintas ramificaciones que se cruzan unos con otros, tienen unas características concretas que se diferencian de los demás. Por esta razón, existen distintos modelos de mediación según el conflicto.

Por ejemplo, en el ámbito de la empresa, la política, el derecho o la economía, hay que saber que el modelo tradicional de Harvard es el idóneo para afrontar el conflicto; en el ámbito intercultural o laboral se sugiere mejor el modelo transformativo de Bush y Folger; para los conflictos familiares es más recomendable el modelo circular-narrativo. Si un modelo se utiliza incorrectamente a un ámbito que no le corresponde, hay muchas posibilidades de que fracase en el momento del proceso y en el futuro porque no es la herramienta adecuada.

Así mismo, hay que saber controlar las distintas fases de la mediación. En la fase de inicio hay que tener en cuenta, por ejemplo, que es una etapa informativa, donde se explica lo que es la mediación, los derechos y deberes de las partes del mediador, cual es el proceso y las consecuencias de la firma de un acuerdo. Hasta que no se firma el contrato de mediación las partes no pueden exponer sus problemas. De otra forma, el mediador se siente en la obligación de guardar secreto profesional antes de que exista mediación.

En la siguiente etapa,  la de exploración de los problemas y definición de los mismos, el mediador debe saber los pros y contras de entrevistas individuales y conjuntas. Si no tiene formación y experiencia suficiente, la conversación confidencial de una entrevista individual debe ser tratada con especial cuidado cuando se procede a la entrevista conjunta porque puede caer en el error de revelar secretos a la otra parte rompiendo el secreto profesional.

Una vez definido el problema, el mediador según el ámbito de que se trate (familiar, educativo, comunitario, mercantil, intercultural…) debe conocer las causas por las que permitir que se desarrolle el proceso de mediación o paralizarlo y derivar a las partes a quien tenga competencia para evitar crear un perjuicio a las partes. Claros ejemplos son:

Violencia de género. Profesionales de la judicatura, ante un proceso de separación o divorcio de mutuo acuerdo que llevan muchos años en ejercicio, a veces redactan una sentencia y dan por disuelto el vinculo matrimonial. A las pocas semanas se publica en la prensa que el ex marido asesina a su ex mujer en lo que se viene a llamar violencia de género. ¿Cómo es posible que durante el juicio no se detectara esta situación? Si el mediador, durante el proceso de mediación no es capaz de reconocer los síntomas de violencia de género, cuando lleguen a un acuerdo y al poco tiempo hayan un desenlace dramático, la mediación no tiene validez porque el acuerdo se firmó no existiendo igualdad de condiciones entre las partes y porque el mediador no suspendió la mediación para denunciar a la administración lo sucedido. En este caso, se está produciendo una falta muy grave que puede producir la inhabilitación del mediador.

En los casos de deuda. Cuando una persona hace una compra a plazos y llega un momento en que no liquida el total, se produce una deuda. Si el deudor y el acreedor van a mediación para llegar a un acuerdo en la forma de pagar la deuda y evitar que los intereses sean mayores, si la deuda ha prescrito el mediador debe saber que no puede continuar la mediación porque no existe conflicto alguno. No hay deuda por prescripción y, por tanto, no hay conflicto. Si el mediador no es consciente de ello y se llega a un acuerdo en pagar tal cantidad de dinero en una forma concreta, cuando el deudor consulte con su abogado y le diga que no tenía la obligación de pagar, perfectamente el deudor puede demandar al mediador por negligencia. Para evitar esto, es recomendable detener la mediación y derivar a las partes a un asesor jurídico.

Estos son dos ejemplos de la importancia de tener conocimientos en psicología y jurídicos. Aunque el mediador no puede orientar, asesorar ni aportar ideas, sí tiene la obligación de detectar anomalías que anulen el proceso de mediación. La prevención evita perjuicios a las partes, al mediador y al proceso en sí.

En la fase final, el mediador debe redactar el acuerdo al que lleguen las partes. Para ello necesita saber expresarse convenientemente y evitar reflejar malos entendidos. No se trata ya de tener conocimientos jurídicos para confeccionar una demanda judicial, pero sí debe estar bien esquematizado, concretado y definido para que no se puedan producir interpretaciones que beneficien a una de las partes.

 La comunicación y relaciones interpersonales

Durante todo el proceso de mediación, la comunicación es esencial. Al encontrarnos con personas de diferentes etnias y clases sociales y con niveles de educación distintos, debemos saber cómo comunicarnos con ellos. La comunicación no supone solo hablar y escuchar. También debemos estar atentos al lenguaje no verbal. Un buen mediador debe saber utilizar la escucha activa, la empatía; reconocer las emociones verdaderas (placer-displacer, alegría-tristeza, calma-ira, confianza-miedo, amor-odio) y distinguirlas de las falsas; saber qué es la teoría sistémica y cibernética; debe saber qué es y cómo utilizar adecuadamente las preguntas exploradoras (abiertas, cerradas, aclaratorias), las preguntas transformadoras (reflexivas, circulares, hipotéticas), las preguntas milagro, las afirmaciones (legitimaciones, revalorización o empowerment, reconocimiento, chequeo, reencuadres).

En toda comunicación no verbal, hay que saber interpretar, descubrir qué oculta cada persona. Es necesario saber cómo ven las cosas las partes en conflicto, qué opinan, qué dicen y qué piensan. Recordando el efecto Iceberg, el mediador ve lo que las partes dicen, pero detrás subyacen emociones, percepciones e intereses que deben ser conocidos para llevar a buen término la mediación.

 Conocimientos del mediador en temas específicos

 Los asuntos civiles y mercantiles son demasiado amplios y requieren del conocimiento de distintas disciplinas. Hablamos de asuntos en los que surgen conflictos entre personas dentro de la esfera familiar, educativa, comunitaria, intercultural, mercantil, organizacional, penitenciaria y penal. La intervención en una de ellas requiere el conocimiento de todas porque, en distintos grados, se interrelacionan unas con otras.

Un conflicto familiar puede influir negativamente en la actitud del menor y trasladarse al ámbito educativo provocando peleas con los compañeros y profesores. Un conflicto comunitario puede desembocar en un conflicto intercultural. Y un conflicto familiar puede extenderse a la esfera de la empresa familiar.

 Mediación Familiar

 La familia ha evolucionado a lo largo de la historia y los conflictos se hacen más complejos. Por este motivo, es necesario recurrir a la sociología, la psicología, el trabajo social y el derecho para comprender mejor los tipos de familias, sus integrantes (nuclear, extensa, expandida), los ciclos de vida, las dinámicas familiares, las relaciones y funciones de cada miembro. Es necesario conocer la psicología de la pareja y las repercusiones psicológicas de los menores. Los conflictos familiares no se centran en la separación o divorcio de los cónyuges. Desde que en 1981 se publicara la Ley de Divorcio o en 2003 se legislara en materia de relaciones familiares de los nietos con los abuelos, surgen situaciones más complejas que generan nuevos conflictos: entre ex cónyuges, hermanos, padres e hijos, nietos y abuelos; herencia, patria potestad, régimen de visitas (para el progenitor no custodio y los abuelos), guarda y custodia, reparto de bienes, etc.

El conflicto que se inicia en la esfera familiar puede extenderse a los parientes de segundo y tercer grado si no se aborda con profesionalidad, llegando a generar conflictos entre distintas familias.

 Mediación escolar

 Casi medio millón de niños españoles sufren agresiones por parte de sus compañeros en el colegio, hay alumnos que desafían la autoridad del profesorado, padres dispuestos a utilizar la amenaza y la fuerza contra los docentes o claustros de profesores donde reina la desconfianza y la rivalidad.

El mediador ha de tener conocimientos de psicología social, psicopedagogía de las relaciones interpersonales, que conozca la dinámica del centro y las distintas alternativas para afrontar los conflictos (Aula de convivencia, la expulsión temporal, etc.)

Mediación Comunitaria e Intercultural

Debido a la diversidad cultural, el mediador ha de tener en cuenta que los conflictos derivados de la convivencia entre vecinos pueden ser más complejos si intervienen factores culturales o étnicos. Para abordar un conflicto de este tipo, hay que conocer la cultura de las personas involucradas para evitar malos entendidos y generar nuevos conflictos. No todas las culturas perciben la realidad de la misma forma. Las creencias religiosas, la educación y las costumbres hacen que determinados comportamientos o palabras tengan distintos significados. Su ignorancia por parte del mediador supone una mayor dificultad en la comunicación entre las partes y una mayor escalada de conflicto.


Mediación Mercantil

Los conflictos que generan los asuntos mercantiles son diversos, la mayoría centrados en el comercio. Por un lado hay que tener en cuenta que el mediador debe conocer la teoría de los contratos, puesto que en las transacciones mercantiles los conflictos nacen del incumplimiento de los contratos.

También debe considerarse las relaciones entre socios de una empresa, entre los directivos y los subordinados, por lo que es conveniente conocer los distintos tipos de Sociedades, la composición de sus miembros, los organigramas y sus funciones.

Sin embargo, el tema más delicado para el mediador es el de la empresa familiar. Aquí se conjugan familia y empresa, dos ámbitos que, de no diferenciarse, pueden verse afectados en cuanto surgen conflictos en uno de ellos. La familia ha de considerarse en estos términos como extensa, puesto que puede afectar tanto a padres como hermanos y cuñados. El mediador ha de conocer como es la empresa familiar, como vive la familia la existencia de la empresa, qué papel tiene cada uno de los miembros de la familia en la empresa y, lo más crucial, de qué forma se va a establecer el relevo generacional en la dirección de la empresa. A veces depende el futuro de una empresa de cómo se lleve a cabo la mediación. Si no hay acuerdo, el conflicto puede influir en la toma de decisiones y perderse el liderazgo que sustente la gestión de la empresa.

 Mediación Penitenciaria

 La continua convivencia, los límites de espacio y la gran variedad de perfiles psicológicos que existe entre la población reclusa hacen que se produzcan conflictos entre internos en los distintos módulos. El mediador ha de conocer el funcionamiento de los centros penitenciarios y las normas que lo rigen para que los acuerdos sean conformes al buen funcionamiento del centro.

La apertura de un expediente disciplinario puede suponer la pérdida de ciertos privilegios, la prohibición de asistir a talleres y actos culturales e incluso el traslado al módulo de aislamiento. Frente a estas situaciones, el mediador ha de saber descubrir las distintas intenciones o motivaciones ocultas de las partes en conflicto y evitar que se firmen acuerdos que posteriormente perjudiquen. Si bien hay pactos sinceros que posibilitan una mejor convivencia y una recuperación de esos privilegios perdidos, en otras ocasiones un aparente acto de buena fe puede ocultar la intención de romper el aislamiento para tomarse la justicia personalmente y provocar otro conflicto en los módulos comunes. El mediador debe evitar estas situaciones si antes ha estudiado las distintas formas de interrogatorio, el lenguaje no verbal, etc.

 Conclusión

 En base a lo expuesto anteriormente, con cursos de 50 horas, cuyas licenciaturas son ajenas a las ciencias sociales es imposible pretender ser un Mediador. No puede ejercerse una profesión que se desconoce ni ayudar a resolver conflictos cuando no se disponen de las competencias necesarias, cuando no se tiene la formación necesaria para actuar en asuntos que hasta el momento eran competencia de jueces y magistrados. El hecho de permitir que personas sin los conocimientos y experiencias necesarios puedan ejercer la mediación supone a la larga el desprestigio de esta profesión, el abuso e intrusismo en detrimento de los usuarios que acuden a proteger sus derechos y la sobrecarga de la Administración de Justicia al volver los asuntos con un mayor grado de conflictividad.

Desde hace casi una década varias universidades españolas están formando a profesionales en mediación para asegurar una mejor calidad en la justicia. A día de hoy existen suficientes profesionales que poseen títulos universitarios y cursos oficiales especializados con el número de horas necesarias para conocer todas las materias relativas a la mediación. De poco vale formar a personas en tan alto nivel universitario si la ley permite el acceso a personas con falta de preparación.
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